La solución ante el desorden - Parte I

El desorden conductual que se vive en nuestros tiempos, ha superado las capacidades de la sociedad y de las autoridades para poner control. La multiplicación de los actos de inconciencia y delictivos hacen que sean insuficientes los recursos existentes para establecer ese orden que tanto deseamos en nuestra sociedad. Los elementos con los que contamos son pocos, y en su gran mayoría también se encuentran afectados por el mal que padecemos.

Hemos buscado soluciones por medio de la reacción policiaca, lo que ha generado una guerra poco ortodoxa que exhibe la falta de preparación para una guerra de este tipo y la insensibilidad en la que hemos caído como sociedad.

Otra de las opciones o estrategias de las que se ha echado mano ha sido la prohibición, para contrarrestar los problemas de adicciones, violencia, etc.

Algunas autoridades educativas han optado por controlar la manera de vestir de las alumnas para contrarrestar el acoso; lo mismo ha sucedido en algunas empresas. También se ha dado que gobernantes prohíban los narcocorridos.

Estoy consciente que los gustos que tenemos son el reflejo de nuestros ideales, creencias y convicciones. Pero aun así, la solución no es prohibir. De qué sirve prohibir y sancionar las adicciones, el delito, la delincuencia, la maldad, la violencia, etc., si el mal se encuentra sembrado y arraigado en el corazón de las personas.

De qué sirven las leyes y reglamentos que podamos tener, si el problema inicia con esos gobernantes infectados de antivalores y corrupción, que no se detienen ante nada. De qué sirve el reclamo social, si no estamos trabajando en la reingeniería del tejido social. De qué sirve detener a un delincuente, si en la calle existen más de uno que lo puede suplir inmediatamente. De qué sirven las reformas, los planes y los programas que se puedan realizar ante la belleza de sus protocolos, si no tenemos conciencia y convicción para el cambio, si no trabajamos para poder contar con gobernantes, políticos, funcionarios y servidores públicos, libres de esa ambición desmedida que los hace trabajar para ellos y no para el pueblo.

Definitivamente, la delincuencia existe porque las personas que se encuentran en eminencia dentro de los organismos e instituciones necesitan ser los primeros en cambiar, en restaurar sus convicciones patrias, para aprender a vivir con el sueldo que un país como México les puede dar en las condiciones críticas en las que se encuentra. No se pueden tener mejores condiciones de vida si no empezamos por un cambio de arriba hacia abajo, donde se reactive la conciencia humana y espiritual. La solución, no es la guerra ni las armas, no es el poder de la reacción, ni la restricción de una prohibición; la solución es la educación formativa, que nos permita en primer lugar contar con gobernantes sensibles, generadores de oportunidades para que cada mexicano tenga trabajo, educación, servicios de salud y el respeto a sus derechos; para que los mexicanos optemos por respetar y no por sobrevivir, como ha sucedido en los últimos tiempos, en donde los ricos son más ricos y los pobres son más pobres.

Termino mencionando una canción con una parte hablada que dice: “las letras no entran cuando se tiene hambre”. Tampoco se puede pensar en ser mejor cuando se vive en medio del resentimiento de la injusticia.


Featured Posts
Recent Posts